miércoles, 13 de enero de 2016

“La última curda”

Es un hombre, es un bandoneón y es una curda. El escenario tanguero perfecto. La angustia, la música y el alcohol. El alcohol y la lucidez, ese momento de revelación donde un hombre descubre, tal vez por un breve instante, una verdad o la verdad de su vida que se revela como un relámpago o una iluminación. El poema pertenece a Cátulo Castillo. Pudo haber sido escrito en 1956 o antes. No es un problema de fechas. Lo seguro es que la primera grabación fue en agosto de ese año, el 8 de agosto si no me falla la memoria. Aníbal Troilo, su orquesta y la voz de Edmundo Rivero. Ocho años después, Troilo lo grabará con el Polaco Roberto Goyeneche.
No es el primer tango en el que el fueye es el protagonista. “Bandoneón arrabalero”, “Fueye”, “Mi bandoneón y yo”, “Che bandoneón”, por mencionar algunos de los más conocidos, se inspiran en ese verdadero ícono del tango que es el bandoneón. No, no es el primer tango en donde el fueye es un personaje, pero creo no subestimar a nadie si digo que “La última curda” es el más profundo, el que va más a fondo y, también, el más bello.
Como se dijera en algún momento -medio en broma medio en serio-, “La última curda” es un poema que podría haberlo firmado Jean-Paul Sartre. ¿Tango existencialista? Puede ser, pero también podríamos decirle tango discepoliano y no nos equivocaríamos, aunque, para qué buscarle otras fuentes si no hay mejor presentación que decir que lo escribió Cátulo Castillo, el mismo autor de poemas que dialogan con “La última curda” como es el caso de “Desencuentro” o “A Homero”. ¿O acaso el personaje del tango no es muy parecido al hombre cuya “frente triste de pensar la vida tiraba madrugada por los ojos”?
Los grandes poetas son creadores de una obra. Ése es el rasgo que los distingue. En el caos que nos ocupa, Manzi y Discépolo, por ejemplo, valen por cada uno de sus tangos, pero valen sobre todo porque en la totalidad de su obra hay una visión del mundo, una mirada sobre la vida y sobre la muerte que los distingue. Lo mismo puede decirse de Cátulo Castillo. “La última curda” en ese sentido es el eslabón, el último eslabón, de una obra perfecta por su coherencia interna.
Este tango, dicen algunos críticos, puede ser también el último tango. No olvidemos que Castillo es el poeta donde la palabra “último” está siempre primera. Pensemos si no, en “El último farol” o “El último café”. ¿Y “La última curda”? Es como que allí el tango agotara sus posibilidades poéticas. No es un problema de inspiración, es una cuestión de ciclos, de ciclos internos que se cumplen y que en este caso lo hacen con una expresión que clausura un tiempo, una sensibilidad, una manera de percibir la vida y el dolor de la vida. ¿Complicado? Tal vez. Pero Castillo era un tipo complicado. Si no lo hubiera sido no habría escrito lo que escribió.
Después, está la riqueza del lenguaje, la destreza para construir imágenes definitivas, imágenes que se parecen a conceptos, a definiciones que no se pueden expresar de otra manera. Imágenes que sólo un poeta es capaz de construir con las palabras. “La ronca maldición maleva” del fueye, es de una precisión maravillosa. Como lo es “la lágrima de ron” o “el hondo bajo fondo donde el barro se subleva”.
Uno de los rasgos que distinguen a los grandes poemas populares es su capacidad para transformar algunos versos en refranes o aforismos cargados de sabiduría popular. “La vida es una herida absurda”, es un giro incorporado a nuestro habla popular. O, “Y es todo, todo tan fugaz que es una curda, nada más, mi confesión”.
Se dirá que estamos ante el tango que se solaza con el espectáculo de un hombre derrotado, de un hombre vencido. Puede ser. Pero, aunque a algunos amigos de cierta literatura de autoayuda esta verdad les moleste, nunca está de más recordar que en la vida el dolor, el fracaso y la culpa existen. También la derrota y la muerte, la sensación de que la función termina y la caída del telón es eso, el final.
En “La ultima curda” no hay lugar para la sonrisa o las distracciones livianas. Es un poema que a sus oyentes no les da tregua. Se canta con los labios apretados y se lo escucha en silencio. Goyeneche lo interpretó muchísimas veces, incluso cuando ya no le quedaba voz, pero en todos los casos la ceremonia se cumplía al pie de la letra. “La última curda” es un caso serio. El público sabía que estaba viviendo un momento sagrado, escuchando una confesión: “Contame tu condena, decime tu fracaso, ¿no ves la pena que me ha herido? Y hablame simplemente de aquel amor ausente tras un retazo del olvido. ¡Ya sé que te lastimo!, ¡ya sé que te hago daño llorando mi sermón de vino!, pero es el viejo amor que tiembla, bandoneón, y busca en el licor que aturde, la curda que al final termina la función corriéndole un telón al corazón”
Y después ese final que es una metáfora de la soledad, la pena y la melancolía, pero también, por qué no, una metáfora de los argentinos: “No vez que vengo de un país que está de angustia siempre gris tras el alcohol”.
No es fácil cantar este tango. No es un problema de dar con la nota justa, sino con la interpretación precisa. La tentación de caer en la sensiblería o el sentimentalismo es fuerte. Y para algunos cantores, irresistible. ¿Cómo cantar el dolor, el fracaso, la derrota y ser al mismo tiempo sobrio y trágico? Ésa es la gran pregunta que debe hacerse un cantor a la hora de cantar “La última curda”. A esa pregunta la pudieron responder muy pocos y, por las dudas no se haya entendido, reitero sus nombres: Rivero, Goyeneche y la Tana Rinaldi. Puesto a elegir entre los tres con un revólver en el pecho, me quedo con la versión del Polaco de 1964. Pero sólo si me ponen un revólver en el pecho.
De todos modos, este tango existe a partir del momento en que se juntan Troilo y Rivero. En su libro, “Una luz de almacén”, don Leonel Edmundo cuenta la historia de esa creación. Y lo hace muy bien. Recuerda que en esa época Troilo vivía en un segundo piso cuyo balcón estaba iluminado por el inmenso letrero luminoso del cabaret Chantecler. Una calurosa noche de verano, una noche, escribe, apenas enfriada por el hielo del whisky, empezamos a jugar con “La última curda”. En algún momento uno de los presentes dijo: “Gordo, chapa la jaula” y allí se inició la sesión entre Rivero y Troilo. Rivero cuenta que estuvieron varias horas ensayando y tomando whisky. Como hacía calor, la ventana del balcón estaba abierta y, según Rivero, estábamos tan concentrados en lo nuestro que si algún plato volador hubiera aterrizado no le habríamos prestado atención. En algún momento, sintieron un rumor que llegaba de la calle. Debe de haber sido fuerte, porque dejaron de ensayar y salieron al balcón. Como se dice en estos casos, alguien hizo correr la bolilla de que en ese departamento estaban Rivero y Troilo haciendo música y una multitud se había agolpado en la vereda de enfrente. Rivero y Troilo se miraron entre ellos y como en el truco se entendieron sin necesidad de hacer señas. La gente en la calle los aclamaba. Deben de haber sido muchos porque en algún momento se interrumpió el tránsito. De acuerdo con la versión de Rivero, “La última curda” se estrenó en esas circunstancias. Desde un balcón, Pichuco con el fueye y Rivero con su voz. No hacía falta nada más. Rivero concluye su relato a toda orquesta. La noche estaba tan linda -escribe- que cantar “la vida es una herida absurda” sonaba a macana.

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