lunes, 16 de marzo de 2015

MARIO IAQUINANDI: CRÓNICA DE UN POETA TRASHUMANTE por Mariel Estrada

“AUTORRETRATO

Porque no sé si estoy o me he marchado,
( tanto dolor a veces me confunde )
y no me encuentro ya en los mediodías
ni en los cristales de ninguna lluvia.
Porque salgo a mirar si me he perdido
( son tantas calles, tanta noche y tanto !...)
y a veces no me veo en los espejos
que repiten fantasmas de mí mismo.
Llevo conmigo el corazón del hombre
que sabe de su tiempo y su distancia
y una sombra interior que me descubre
cada paso que doy ,o que me quedo.
Creo en un Dios de barba sensiblera
que me desordena las intenciones,
tocándome las ganas con su magia,
para que me desnude en los papeles.
Creo en una mujer, que no es mi madre,
pero que me devolvió la vida en un minuto,
prestándome sus duendes, su sonrisa,
su pedazo de sol y su mañana.
Y en nada más, porque no estoy a tono
con la formalidad ni la belleza.

Jamás sabré los cómo ni los cuándo.
Huyo de los: “ tal vez “, como del fuego,
pero me espera siempre en cada esquina
la certidumbre de nacer de vuelta.
Soy ese idiota que no espera nunca
la palabra final de los mensajes
y sin embargo escribe en las paredes
con un lápiz rebelde y sublevado.
Hago remiendos con mi pensamiento
para amparar lo poco que me queda :
dos ilusiones viejas, un presagio,
seis recuerdos gastados y una duda.
Mi porvenir se dice con silencios,
mi pasado es un grito. Y mi presente…,
una forma de estar que me ha quedado
colgada en el umbral de las costumbres.
Tengo este miedo de morir del todo
que no me deja respirar  a gusto.
Miedo a morir en los demás y en algo
que se quede trunco, sin cumplirse.
Fatigo los rincones de la ausencia
con ojos de mirar las despedidas
y hace una cruz mi soledad con todo
lo que se vuelve luz y pasatiempo.
Tengo el por qué de los que no se entregan

aunque los hayan derrotado mucho.
La canción de la bronca a flor de labios,
La idea, amartillada desde siempre.
Como no sé trepar del gris al blanco,
camino sin color,… pero camino .
Dejo la piel en cada vuelta de hoja.
Subo hasta mí. Desciendo hasta el infierno.
Reniego del idioma facilista,
del gesto sin razón y del mediocre,
del convencionalismo adocenado
que huele a mercader y a hipocresía.
Hago con toda la esperanza rota
dos muñecos de sal y una bandera
y una promesa que no vale mucho,
porque no queda bien con tanto esfuerzo.
Salgo a enfrentar la vida. Nunca miento.
No sé disimular ni arrepentirme.
Me enjuicio. Me condeno. Me ejecuto.
No me devuelvo nada. Soy… de veras”.

                                         Mario Iaquinandi
Qué curiosa es la memoria!. A lo largo de los años he conservado intacto el recuerdo de aquella nena que fui a mediados de los 50, regresando por las tardes de su clase de inglés. Si aún me parece verla  aminorando el paso y deteniéndose en la casa del portón verde de 19 de Mayo 226, para escuchar el sonido del piano que desgranaba melodías a través de la ventana abierta. Sólo algunas veces logra observar allí a un muchachito alto de buen porte, recostado en el portón, fumando, pensativo. Ninguno de los dos imagina por entonces que la insondable telaraña del destino irá a unirlos muchos años después, en la madeja oculta de un legado.
La letra impersonal de alguna biografía contará que Mario  vivió en esa casa desde el primer año de vida y allí se crió entre libros y música, adolescente retraído, habitante de ese territorio único de los artistas, donde ya moraba cierta melancolía. Admirador de su padre, el periodista Alfredo Iaquinandi, se vistió de coraje a sus 20 años y desertó de esta bahía en cuyas orillas se estaba asfixiando y así partió rumbo a un Buenos Aires que prometía avivar todos sus fuegos.
Los comienzos fueron hartamente difíciles en una ciudad que lo hizo graduarse a la fuerza en dos materias: la soledad y el hambre.  Peregrino en pensiones de mala muerte, sólo a la noche revivía, recalando en el Tortoni o en el célebre Café de los Angelitos, donde la vida cobraba sentido. Su amistad con Haroldo Conti, Norberto Aroldi, Osvaldo Piro, Raúl González Tuñón y tantos otros, le permitió conectarse con algunas editoriales del país y así fue cronista de arte y espectáculos del diario: “La Tarde”; colaborador del periódico cultural: “Acento” de Córdoba; corresponsal de la revista “Imagen” en Mar del Plata. En la década del 70 recaló definitivamente en Buenos Aires siendo jefe de redacción en “Panorama Marítimo”, redactor y cuentista de las revistas: “Antena”, “Nocturno”, “Vosotras”, “T.V. Guía”, “Siete días, “Mundo 21”, “Corriere degli italiani”, “Buenos Aires Tango y lo demás” y “Crisis”.
Su versatilidad lo hizo desplegarse en las múltiples facetas de periodista, escritor, productor creativo y director artístico en distintas emisoras del país, pero también como actor, integrando diversos elencos en escenarios capitalinos. Junto con Héctor Negro, Osvaldo Avena y otros poetas integró la llamada: “Revolución del 60”, siendo galardonado como mejor autor del Río de la Plata en 1970.
Como compositor alcanzó notoriedad a través de los tangos: “Contáme una historia” y “María de nadie” con música de Eladia Blázquez. Llegarían más tarde: “Romance para una vereda”, “Mi ventana triste”, “Mi sábado sin vos”, “Un hombre nuevo”, “Réquiem para un tiempo niño”, “La historia de los dos”, “Triste espejismo”, “Andando a solas” y “Mi ciudad sin tí”.
Después de este largo período de bonanza, sobrevino el eclipse, pero de esa etapa oscura no hablan las escasas biografías, lo memoramos solamente nosotros, sus amigos.

                    “ME QUIERO EN VOS”

Me quiero en vos
para vivir un mundo de días diferentes
sin sombras reiteradas,
con un tiempo de sol y desafío
corriendo por las venas,
y un idioma de piel
y una palabra rescatada del miedo,
conjugada en tu aliento.
De vos, sin treguas ni melancolías.
Consciente de tus ojos,
habitado en tus manos,
fundador insaciable de cosas permanentes,
habitual,… necesario.
De vos me quiero. Y ya no quiero nada
que no sea este asombro
de repoblar mi vida con tu nombre.
Definido en tu ser, como un espejo,
…para saber que existo.

Varón de pasiones renovadas, romántico incurable, su existencia siente el vacío de relaciones fugaces, incompletas, hasta que aparece en su destino Martha,  la última mujer,… la definitiva. Por ella abandonará la fama, el éxito, la miel de los halagos y regresará a su bahía natal a fines de los 80. Sobreviene entonces un relámpago de esplendor y descubrimiento mutuo, que los hace restañar heridas anteriores y prodigarse en un mutuo amor.
                            “DE PRONTO, VOS”
          De pronto, vos.
          Y entonces uno siente
          que la vida te duele como nunca.
          Por gris,
          por tantos años incendiados.
          por el amor vencido,
          por lo inútil de tantas ilusiones agotadas.
          Uno debía saber,
          debía guardarse.
          Preservar  la esperanza y esconderla
          donde nadie pudiera lastimarla,
          pero nunca se sabe,
          nunca es tiempo.
          Y hubo que andar por tanta medianoche
          calmando los sentidos,
          con el sol confiscado y el alma en bancarrota,
          sin entender por qué,.. sumando miedos.
          Y entonces, hoy,
          un día diferente,

          y este de pronto.
          Y vos
          y ese milagro
          de empezar a encontrarse en uno mismo.
          Todo un acto de magia.
          Lo imposible:
           cruzar la soledad....y hallar la vida”

Echando a volar su veta periodística, edita en Diciembre del 88 la revista “Imagen” que durará escasamente dos números. Alentado por colegas, Mario brinda un recital en el Teatro Municipal en Octubre del 89, al que asistirá muy poca gente.  Una vez más, el artista bahiense no había sido “profeta en su tierra”. Sin embargo, allí se reencuentra con Olga, su primera mujer,  que curiosamente será más tarde, su estoica enfermera.
Es en Enero del 90 cuando la nena que fui recupera a Mario por única vez. Por entonces él tiene un programa en Radio Nacional: “Señas particulares” y yo había comenzado mi ciclo cultural de Citas en la tarde. A través de Antonio Germani  (su hermano de la vida) Mario visita nuestra casa. Veo aparecer en el umbral a un hombre alto de gran apostura y cabello entrecano, vistiendo una campera de cuero negra. Era la prolongación de ese pianista de la casa de portón verde, que había hechizado mis tardes. No sabía entonces que iba a disfrutarlo escasamente cinco meses , pero  estoy convencida que me dio en ese brevísimo tiempo, mucho más que otra gente que pasó sin dejar huellas en mi vida.  
Las primeras señales de la enfermedad se manifiestan por esa época, así como el desapego de Martha, que comienza a alejarse, porque está moldeada para compartir instantes de gloria, nó nieblas de derrota.
Mario permanecerá internado una semana en la sala 10 del Hospital Municipal y durante ese período Martha irá  a verlo una sola vez, casi…a regañadientes. Él lo refleja así en los manuscritos que borronea en el hospital:

“Martha. Hay tanto para amar y estimar en ella y sin embargo ahora es como si un desdoblamiento, un espejo reversible, mostraran a otra Martha,  una Martha que está sin estar. La extraño y me duele. Extraño su amor, comprobado hasta la saciedad. Martha es hoy un ser contemplativo que no puede razonar el dolor de los demás, aunque no sea igual al suyo. Esta ausencia duele mucho a la hora de la visita”.

                          “YA VOY…
Te cuento que aquí abajo
hace muchas semanas que el sol se me evapora
y algo que no comprendo muy bien me determina cada momento nuevo,
como si todo hubiera sido convenido por otros,
a espaldas de mi vida.
Hay mucha sombra,
mucho silencio nuevo,
mucha ausencia.
Una conciencia extraña de las cosas,
un mucho no poder,
muy poco tiempo.
No se cómo explicarte ; pero empezó de pronto, sabés ?.
De pronto fueron tantas las espaldas,
tanto espejismo roto,
tanta desilusión,
que en un momento estuve muerto para todo lo que fuera creer.
Y entonces vos….,claro.
Vos, que vivís el sueño despierto de mi sueño,

que otra vez – y van tantas – volvés a protegerme.
Vos. Ese amor sin vueltas que no se apaga nunca
y que me vuelve pibe,
Me esconde la memoria de mis duelos más tristes
y me sonríe. Ahora.
Y ahora, claro, …ahora.
Para qué esperar más ?.
Los amigos olvidan, el amor fue una farsa
y vos estás de siempre.
Ya voy , papá .
Ya voy…”

Huérfano de familia esquiva, ausente de hijos, abandonado en razón de cobardía por su última pasión, Mario va languideciendo lentamente, recostado en el amor incondicional de sus amigos. Termina sus días en un hospedaje de mala muerte en calle Rondeau, muriendo en brazos de Olga, su amor de juventud, en el tormentoso atardecer del 29 de Junio del 90, a sus dolientes 53 años.

                    “DE ÚLTIMAS”    ( A José Antonio Germani, en confesión)  
Después de todo
habrá que acordarse  que la muerte también es una parte
de esta vieja costumbre de vivir.
Pero qué bronca da morirse así nomás, un día cualquiera,
lejos de Buenos Aires, sin lluvia y sin otoño ...!
Uno hubiera querido, noches antes, lastimarse de vinos,

comulgar con los duendes
y encender el idioma una vez más,
para lavarse un poco la mufa y los silencios.
Reconocer rincones
y devolverle sus esquinas a los sueños en vano;
enfermarse otro cacho de tangos;
secuestrarse en los labios de una muchacha última
y clausurar los miedos.
Hay tanta irreverencia en el borrarse
cuando se ha amado tanto la vida
que - al final - lo menos que uno pide
es la chance decente de emparejar los tantos.
Pero se da el absurdo
( la muerte es una boba franelera insensible
que no comprende nada )
y hay que morirse de cualquier manera.
Sin tiempo.
Sin razones.
Con una postrera sensación ridícula
de haberse disfrazado de uno mismo
para intentar zafar. Pero qué bronca …!

Tony :
Sabés qué es lo malo de vivir mal ?. Que no se puede morir bien.
Por eso quiero un último tiempo vivido  “ por derecha “, para
palmar en paz con mi conciencia. Un abrazo. Mario”.

Coherente en acción y pensamiento , la llama votiva de su antorcha sigue prendida en quienes, conociéndolo,… supimos amarlo.

Extraido del Libro " El silencio que mastica el pucho", Ed. EN UN FECA, Bs As, septiembre de 2014.

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