jueves, 5 de marzo de 2015

Francisco García Jiménez

Escribió tangos memorables antes de los treinta años. Muchos de ellos los hizo sobre la base de una composición musical previa, lo cual para todo escritor que se precie es una desventaja. Sin embargo, asumió el desafío y salió muy bien parado.
Así fue en 1920 cuando Rafael Tuegols el compositor de “La Gayola”, le propuso que le pusiera letra a “Zorro gris”. Ese mismo año Carlos Gardel lo estrenó y hoy “Zorro gris” y “Milonguita”, el tango de Enrique Delfino y Samuel Linning estrenado ese mismo año, están en el cuadro de honor de la poesía tanguera.
García Jiménez para esa fecha apenas tenía veinte años e iniciaba con “Zorro gris” una carrera de letrista fecunda y trascendente en el género. Autodidacta, lector infatigable, periodista, guionista de cine y teatro, fue uno de los grandes poetas del tango, ponderado por la calidad de su poesía, la originalidad de sus imágenes y metáforas, la delicadeza de sus recursos verbales.
Hay dos tangos que a mi criterio son decisivos en su repertorio poético. Uno se llama “Tus besos fueron míos” que Carlos Gardel grabó con su reconocida maestría; el otro, menos conocido pero de una calidad notable, se llama “Escolaso” grabado por Edmundo Rivero, en 1955, con acompañamiento de guitarras. “Tus besos fueron míos” fue el tango preferido, por ejemplo, de Juan Carlos Onetti, un tanguero exigente que sabía distinguir muy bien lo bueno de lo malo. Gardel lo grabó en 1926 y tres décadas más tarde lo grabó Oscar Larroca. En este caso se trata de una versión muy bien hecha, una versión que seguramente Gardel habría aprobado con una sonrisa y un guiño.
Respecto de Escolaso lo puedo definir con una palabra: ¡Extraordinario! Si a mí me pusieran un revólver en el pecho y me obligaran a decir, so pena de ser ejecutado en el acto si me equivoco, cuál es la mejor letra de tango en un mapa que suma alrededor de quince mil poemas, respondería sin vacilar: ¡Escolaso! Y si insistieran en saber quién es el cantor que mejor lo puede interpretar, con la misma seguridad respondería: ¡Edmundo Rivero! Curiosamente es imposible encontrar este tango en las casas de música. Como dijera Borges, he fatigado todas las bateas de las disquerías de Santa Fe, Rosario y Buenos Aires y “Escolaso” brilla por su ausencia. De Rivero tengo todo lo que se vende, pero me falta su mejor tango. Sin lugar a dudas que García Jiménez se esmeró para escribirlo y Rivero puso lo mejor de sí en el momento de mayor plenitud de su carrera artística para interpretarlo como se merece. Ninguna de estas consideraciones fueron tenidas en cuenta por los editores que pareciera que deliberadamente se saltean el mejor poema de la historia del tango. Resignado y fatalista, espero que alguna vez a alguien se le encienda la lamparita y haga justicia con “Escolaso”. Mientras tanto seguiré diciendo en voz baja: “...y pensar que condenado por la ley del escolaso, juego igual si el mismo mazo me lo tiran otra vez...” ¿Gustó? Va otra estrofa para que, por favor, no la confundan con el tema que lleva el mismo nombre, pero es de Astor Piazzolla: “Escolaso de mis años que en el pase de sus noches, se quedó con los derroches de mi generosidad, yo sé bien cómo se vuelve de la última parada, con un gris de madrugada y un dolor de soledad...”.
Los aciertos poéticos de García Jiménez se contrastan con lo que algunos de sus críticos consideran que fue el gran error de su carrera. Se trata del tango “Viva la patria”, grabado el 25 de septiembre de 1930 por Gardel en homenaje al golpe de Estado del 6 de septiembre que derrocó a Hipólito Yrigoyen.
Que yo sepa no hay otra versión de ese poema al que Anselmo Aieta le hizo la música. Más allá de la política y sus compromisos, la letra está muy por debajo del nivel de otros poemas. Se trata de una alabanza grosera a los golpistas y, como toda manifestación demasiado directa y politizada, fracasa poéticamente. Leyendo el poema daría la sensación de que en lugar de haberlo escrito un poeta sensible y sutil como García Jiménez lo hubiera escrito, por ejemplo, Aníbal Fernández.
Los seguidores de Gardel cuando se habla de este tema tratan de cambiar de conversación o mirar para otro lado. Algunos dicen que el Morocho del Abasto luego se arrepintió por haber cantado “Viva la patria”. No existen constancias escritas de que así haya sido. De todos modos, no hay por qué hacerse mala sangre o desencantarse con Gardel. El “Morocho” era un artista cuya valía estaba en el canto y no en sus ideas políticas. Pudo haber sido conservador, entre otras cosas porque para recorrer la noche de aquellos años y actuar en los locales nocturnos era necesario tener buenas relaciones con los caudillos conservadores, del mismo modo que en Chicago, Nueva Orléans o San Francisco un saxofonista o trompetista debía ser amigo de los mafiosos para actuar en sus locales nocturnos.
Se dice que Gardel nunca lo quiso a Hipólito Yrigoyen, aunque algunos aseguran que en 1925 grabó una versión de la “Marcha radical”. Todo puede ser cierto o mentira en estos temas porque, insisto, a Gardel no hay que juzgarlo o evaluarlo como político. Quien así lo hace pierde el tiempo y desaprovecha lo mejor de él.
Más complicado es entender a García Jiménez. Gardel cantó un tango que duró menos de tres minutos y hasta es probable que al otro día se haya olvidado de la letra o haya considerado que con ese tango ajustaba cuentas con los muchachos del “Klan Radical”, que le hacían la vida imposible con sus insultos y silbatinas en los locales públicos. Pero García Jiménez escribió una letra que le llevó su tiempo con las correcciones y agregados del caso. Digamos que García Jiménez fue consciente de lo que hacía. ¿A la hoguera entonces con él? No lo creo. El golpe de Estado de 1930 fue injusto, pero en su momento contó con una interesante adhesión popular. Conservadores, radicales antipersonalistas, socialistas independientes miraron con simpatía el “cuartelazo” protagonizado por cadetes y generales fascistas, y aplaudido por señoras y señores distinguidos, pero también por intelectuales, estudiantes y el diario de mayor tiraje de la época. Al respecto hay que decir que a nadie le debería llamar la atención que un escritor, un intelectual, considerara que en 1930 el golpe de Estado era necesario o inevitable. Hoy la historia estima que fue un error, pero en 1930 esa unanimidad en el juicio estaba muy lejos de existir y mucho menos en los ambientes de la bohemia nocturna en la que García Jiménez era un protagonista habitual.
Lo que vale para Gardel y García Jiménez vale también para ese gran músico que fue Anselmo Aieta, el bandoneonista que acompañó a García Jiménez en sus tangos más importantes. Digamos a modo de conclusión que los tangueros nunca se distinguieron por ser progresistas, entre otras cosas porque tampoco tenían la obligación de serlo. Preocupados por ganarse la vida con un mínimo de dignidad, trataban de percibir el humor de la sociedad en cada momento. Es así como acertaban con ella y se equivocaban con ella.
Más allá de ese opinable traspié, la obra poética de García Jiménez es de una inusual calidad literaria. Poco tiempo después de haber estrenado “Zorro gris” escribió “Barrio pobre”, sobre la base de una composición del guitarrista Vicente Belvedere. Extrañamente este bello poema no fue grabado por Gardel, pero hay una versión muy buena de Carmen Duval, acompañada por la orquesta de Argentino Galván.
En 1928, Gardel grabó “Alma en pena” poema de García Jiménez, acompañado por las guitarras de Aguilar Barbieri y Ricardo. Un año antes había escrito “Lunes”, un delicioso poema que alude al día que inicia la semana laboral, el día en que hay que ir a trabajar cargando sobre la memoria, o sobre la salud, la felicidad, las esperanzas o los excesos del fin de semana. Este tango fue grabado en 1947 por la orquesta de Alfredo De Angelis y la voz de Carlos Dante.
Un poema que da cuenta de la inspiración de García Jiménez es “Farolito de papel” con música de Mario y Teófilo Lespes. “Siga el corso” es otro de sus grandes hallazgos. Las versiones de Carlos Gardel, Ricardo “Chiqui” Pereyra, Raúl Berón y Julio Sosa son excelentes. Lo mismo puede decirse de “Bajo Belgrano”, en las versiones de Gardel y Julio Martel. “Carnaval”, “Rosicler”, con música de José Basso, “Ya estamos iguales” y el vals “Palomita blanca”, confirman, por si hay alguna duda, su calidad poética.
Publicó algunos libros que merecen leerse si es que el azar permite encontrarlos en alguna librería de usados. Se trata de “Vida de Carlos Gardel”, “El tango, historias de medio siglo”, “Memorias y fantasmas de Buenos Aires” y “Estampas tangueras”. Francisco García Jiménez nació en el porteñísimo barrio de Monserrat, el 22 de septiembre de 1899 y murió en la misma ciudad el 5 de marzo de 1983.

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