martes, 26 de agosto de 2014

Alberto Castillo fue algo lindo que le pasó al tango.

Ante todo, para definir a Alberto Castillo, hay que puntualizar que jamás pretendió ser el sucesor natural de
Carlos Gardel, que no se pareció a Gardel y que, acaso, haya sido la antinomia de Gardel. O su complemento. Puesto que si Gardel fue la bocina parlante del compadrito de los años 20 y 30, Castillo cantó para otro prototipo de los 40: el carrero.
Dejó una impronta gestual y de vestuario, que marcaría a fuego a más de una generación. Traje cruzado con decenas de botones, anchas solapas en tela brillante, pantalones con cintura alta, amplias botamangas, corbata con nudo que amenazaba con deshacerse y una ilusión de flor en el pañuelo desparramado del bolsillo supe rior. En el ademán, la mano en el bolsillo y una caminata por el escenario, a veces provocativa, como para quitar el almidón del tango.
Afinado, con registro de tenor, voz blanca, repertorio reincidente, complicidad con su público, Castillo fue, en sí mismo, uno de los grandes espectáculos argentinos. Abandonó la parada estática frente al micrófono e inauguró la era de aquellos que cantarían "mancos": caminó los palcos, fierro en mano, comiéndolo en cada fraseo.
No se pareció a nadie, no tuvo herencia y no dejó herederos. Su intuición le hizo saber que lo popular o lo folclórico no se puede sólo cantar. Se requiere poner las hilachas del alma en cada verso y jamás retroceder. Creer en su estilo y en sus gustos, a veces confiscados a marginales, actitudes asumidas casi a nivel religioso, para configurar, más que un simple estilo cantable, un preciso universo funcional del tango.
Alberto Salvador De Luca, tal su nombre de familia, nació el 7 de diciembre de 1914 en el seno de una familia burguesa, habitante del barrio de Floresta. El mandato paternal fue convertirse en doctor. Así que que cursó la totalidad de los estudios de Medicina: cuando se recibió, a los 28, era ya un cantor consagrado. Se dice que Ricardo Tanturi fabricó a Castillo, pero suena a incierto. Lo descubre en una fiesta de estudiantes, acaso lo haya deslumbrado la voz rica y el desparpajo. Lo lleva a su orquesta, Los Indios, y es así como Castillo, ya con su nombre de batalla, revoluciona a la ciudad e incorpora al director a la antología del género.
El éxito es fulminante y no hay registro de semejantes niveles de adhesión popular. Cantaba como quería ese inmenso contingente de nuevos inmigrantes, aquellos que llegaban desde el país interior a la costa, y, además, cantaba un repertorio de buena calidad, pero algo burlón, dirigido a aquellos renuentes a todo cambio.
Se lo amaba o se lo odiaba. Sus pares pretendían, con distinto éxito, cantar "a lo Castillo", ni bien ni mal, sólo con naturalidad y fervor.
Cuando se aparta de Tanturi, llega el cine a su vida. "La barra de la esquina", "Nubes de humo", son algunos de sus filmes tan modestos en intención como llegadores al público. En definitiva contar su propia peripecia, desarrollar la anécdota del muchacho de barrio leal, incapaz de traiciones, con códigos personales muy severos, que mansamente fabrica su éxito, el correlato del éxito pretendido por toda una clase en moderado ascenso.
Siempre al borde del ridículo, tuvo coraje, fe y personalidad como para no detenerse a averiguarlo, en la certeza de que ese tango,"su" tango, servía. Castillo paralizó varias veces a Buenos Aires. Hace 55 años, cuando Palermo era un festín de taco y de carmín, obligó a cortar el tránsito en Santa Fe y Godoy Cruz, tal la aglomeración provocada por su debut en el legendario Palermo Palace. Desde aquel escenario acentuó sus gestos y desdeñó, para siempre, las imposiciones de la moda. Como contrafigura de lo aceptado socialmente, Castillo imponía la suya: encorva el espinazo, flexiona la pelvis, hace bocina con las manos,con el dorso cruzado sobre la cara. "Canta como un carrero", apunta alguien, sin advertir que estaba en presencia del otro codificador del tango-canción.
Cuando la marea baja asoló al género, pocos soportaron la difícil noción del olvido. Castillo fue uno de los sobrevivientes. De joven lo llamaban "El Cabezón" y, con los años, recuperó la proporción, se le infló el cuerpo, pero no extravió sus antiguas certezas. Siguió poniendo en voz los pequeños dramas de las historias del puerto, pero, como una curiosidad para los sociólogos, tuvo mejor sobrevida en los emplazamientos provincianos, como si ese país interior necesitara la reiteración de su gesto, hecho de bronca y de protesta, cuando insistía en que así se baila el tango, mientras dibujó el ocho.
En 1990, fue protagonista de una aglomeración menor, cuando el Concejo Deliberante, ante el clamor de nostalgiosos ediles, lo ungió como Ciudadano Ilustre de Buenos Aires, institucionalizando su simbología.
Hubo, sí, un fundamento jamás explicitado: Castillo mejoró el catastro tanguero y transformó en cien barrios porteños a las prosaicas 46 barriadas.
Llegó otra vez con el telón de fondo de una generación joven, en su participación fugaz con Los Auténticos Decadentes. Desencadenó batallones de recuerdos, desempolvó amores e historias vetustas, arrinconadas en algún pliegue de la memoria.
Su vida doméstica fue el calco del deseo paterno: una única mujer, Ofelia Onetto, que supo proteger su magia. Tres hijos, Alberto (ginecólogo y obstetra), Viviana (ingeniera agrónoma y veterinaria) y Gustavo (cirujano plástico). Deja también seis nietos, un ejército de recuerdos y condecoraciones y una chapa lustrosa de médico, dedicada a su viejo.
Alberto Castillo fue algo lindo que le pasó al tango.
Dibujó su huella que unió el arrabal con el centro. Una pisada tan profunda y marcada como la que dejó en la gente y que lo aleja de la pesada sombra de la muerte.

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