martes, 15 de julio de 2014

Cadícamo y el Zorzal Criollo

“Tengo 23 tangos grabados por Gardel. Unico caso de autor. Nadie tiene ese orgullo. Un verdadero
record”, se alegraba Enrique Cadícamo en una carta fechada en 1998. Por entonces se editaban por primera vez todos sus tangos juntos en la voz del Zorzal a través del sello Odeón, y el poeta le contaba al especialista gardeliano José Félix lo mucho que significaba para él. 
El tango que conectó a Gardel con Cadícamo fue el primero que escribió el autor, cuando todavía trabajaba como escribiente en el Archivo del Consejo Nacional de Educación junto a Leopoldo Lugones: Pompas de jabón. Una pieza que originalmente se llamó Pompas, pero Cadícamo cambió su título porque el compositor, Roberto Emilio Goyeneche –tío del Polaco–, falleció poco antes de la primera grabación y quiso evitar la analogía con las pompas fúnebres. Cadícamo recuerda que Gardel, al descubrirlo tan joven, le preguntó con sorna: “¿A quién le pungueaste la letra?” (ver recuadro). Después de ese, le grabó 22 temas más en menos de ocho años.
La recopilación que presenta este diario abre con uno de los tangos emblema de Gardel, Anclao en París. A modo de bonus track, culmina con la primera grabación que hizo el cantante de la sonrisa eterna de ese mismo tango, hecha en París en 1931, unos meses antes que la anterior, acompañado por sus guitarristas Guillermo Barbieri y Angel Riverol. Allí se añora a la lejana Buenos Aires, ahora modernizada: “Cómo habrá cambiado tu calle Corrientes/ Suipacha, Esmeralda, tu mismo arrabal/ alguien me ha contado que está floreciente/ y un juego de calles se da en diagonal”. “Yo copié del natural sobre los muchachos que no habían tenido suerte, que estaban dando vueltas por París, que habían ido con el sueño de ser bailarines y no habían sido nada. Esa derrota me inspiró. Estaban sin plata, sin fe, con ganas de volver a Buenos Aires”, contaba Cadícamo. 
En su libro Debut de Gardel en París, de editorial Corregidor, el poeta cuenta que escribió este tango en Barcelona, por un pedido expreso que le hizo Gardel y que le comunicó por carta Barbieri: “Esa misma noche y de un tirón, en una mesa del grill, con el barullo de sus alegres turistas de fondo, escribí Anclao en París”, relata. En una entrevista que le hizo Andrés Casak en 1997, Cadícamo se explaya en la anécdota: “Barbieri me preguntaba si tenía una letra para mandarle, así él la musicalizaba y la grababan inmediatamente. Estoy hablando del año ’28, ’29. Tomé un block de papel. Eran las 2 de mañana. Fue raro: Anclao en París lo hice de un tirón, cosa que no era habitual en mí, porque el autor tacha, rompe el papel. Esa noche yo estaba muy apurado, me iba a buscar un amigo para salir. Con el apuro, lo terminé de un tirón. Se lo mandé a Barbieri por vía aérea: fue la primera composición que hice por avión. Lo grabó Gardel y tuvo mucho éxito porque era copiado del natural, como aconseja Aristóteles. Salen las cosas con más claridad”.
Muchos de los temas de Gardel interpreta a Cadícamo retoman a aquella misma mujer de Pompas de jabón, la que derrocha sus abriles, pero que debe recordar que su belleza un día se esfumará. Esa Muñeca brava a quien se le advierte: “Cuando llegués al final de tu carrera tus primaveras verás languidecer”. Y en Che, papusa, oí: “Si entre el lujo del ambiente, hoy te arrastra la corriente, ¡mañana te quiero ver!”. O como se le dice a la Callejera: “Cuando estés vieja y fulera tendrás muerto el corazón (...) Seguí, nomás, deslizá tus abriles por la vida... que cuando empiece atallar el invierno de tu vida, notarás arrepentida que has vivido un carnaval”. Ahí está, también, La reina del tango: “Che milonga, seguí el jarandón, meta baile con corte y champán, ya una noche tendrás que bailar el tango grotesco del Juicio Final”. Tangos que avanzan sobre el prototipo femenino de la mujercita que descarrila en la juventud, pero a quien la vida espera con el castigo fatal del paso de los años. Un prototipo sobre el que Cadícamo supo explayarse con genial poesía. 
Entre todas esas mujeres, hay una de la que Cadícamo se apiada, Madame Ivonne. En su muy completa biografía de Gardel, Julián y Guido Barsky revelan que Madame Ivonne existió: su nombre fue Ivonne Guitry, conoció a Gardel en París y se enamoró de él, llevando una vida de tango a cuestas. Casada a los 16 años con un príncipe asiático, contrajo una enfermedad venérea incurable y desde los 18 se dedicó a derrochar su fortuna viviendo todos los excesos en los cabarets parisinos. “Guitry continuó tras los pasos de Gardel exactamente como una sombra”, dicen los Barsky. “Años después ella asegurará que viajó con él a Buenos Aires y que el tango fue compuesto en su honor, por sugerencia del propio Gardel.” Verdadera o no la versión de Madame Guitry, lo cierto es que los versos de Cadícamo coinciden con su historia: “Era la papusa del Barrio Latino/ que supo a los puntos de verso inspirar/ pero fue que un día llegó un argentino/ y a la francesita la hizo suspirar./ Madame Ivonne, la Cruz del Sur fue como un signo/ Madame Ivonne, fue como un signo de tu suerte./ Alondra gris, tu dolor me conmueve/ tu pena es de nieve, Madame Ivonne”. O que la historia de su vida fue, propiamente, la de un tango.
Hay otro tango-emblema que nació al calor de la crisis del ’30 y que Gardel grabó tan pronto como fue escrito, Al mundo le falta un tornillo. En su libro Mis memorias, Cadícamo recuerda el nacimiento de aquel tema: “La crisis mundial había entrado al país en forma implacable. Hubo desocupación y ésta trajo como consecuencia la primera villa miseria, que ocupó un sector de Puerto Nuevo y comenzó a hacer funcionar la tristemente recordada olla popular. Ese momento ingrato me inspiró una letra que a mí me parecía dramática por su contenido y al guitarrista Aguilar, festiva. Entusiasmado con la actualidad que reflejaba, le adaptó música y se la hizo escuchar a Gardel, quien de inmediato la llevó al disco”.
En esas memorias, Cadícamo también cuenta la historia de los temas “traducidos por encargo” que aparecen en esta recopilación. “Por encargo de Razzano escribí los textos en castellano de cuatro temas americanos que debía grabar Gardel: un fox trot titulado Yo nací para ti y tres valses que se hallaban en pleno auge: La divina dama, Ramona y En un pueblito de España, de este último una versión distinta a la que grabó Magaldi, que firmé con otro apellido por ser la anterior exclusividad de Víctor.” Aquel fue también el momento en el que Cadícamo pasó de ser un joven con talento e inquietud por la poesía para pasar a ser un poeta del tango hecho y derecho: “Comienzan a lloverme sobres de los sellos grabadores, con estampillas para contraseñar los discos. Ganaba por semana cuatro veces más de lo que cobraba mensualmente en el Archivo”. Lo demás es sabido: sus éxitos, sus repetidos viajes a Europa y a Estados Unidos, sus 99 años bien vividos. Pero, sobre todo, los tangos, valses y milongas que lo perduraron y que seguirán poblando el cancionero.

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