martes, 27 de noviembre de 2012

Carlos Gardel y las mujeres


Carlos Romualdo Gardés fue, para todo el mundo, Carlos Gardel, “el zorzal criollo”, “el morocho del Abasto” o “el jilguero de Balvanera”, como solía llamársele. Su vida encierra todavía numerosos misterios, pero nadie pondrá en cuestión su innegable talento para el canto. 

Uno de los desacuerdos históricos gira en torno a la fecha y lugar de su nacimiento. Nacido en Toulouse (Francia) en 1890 o en Tacuarembó (Uruguay) en 1887, lo que es seguro es que en 1893 su madre se trasladó con él a Buenos Aires, más específicamente a un inquilinato del centro porteño. 

A una muy temprana edad, trascendió con su voz y su canto, siendo conocido, según la versión uruguaya, como “el guachito de Escayola” o como “el francesito”, de acuerdo con la versión gala. 

Con poco más de diez años, Gardel trabajó como tramoyista en el Teatro de la Victoria y, más tarde, pasó al Teatro de la Ópera, donde conoció a numerosos artistas de la época. 

En 1911, luego de un duelo musical, surgió su amistad y dúo artístico con José Razzano, quien lo acompañaría con la guitarra durante más de una década. Al poco tiempo, Gardel grabaría sus primeros discos y, años más tarde, sus primeras películas. 

Las décadas de 1920 y de 1930, hasta su muerte ocurrida en 1935, marcaron el auge de su trayectoria artística. Durante ese período descolló cantando en los más importantes teatros porteños y realizando varias giras internacionales. 

A fines de 1933 emprendió su larguísima y última gira. Luego de visitar Barcelona, París, Nueva York, Puerto Rico, Venezuela y otros países caribeños, Gardel murió trágicamente el 24 de junio de 1935, junto a alguno de sus músicos, incluido Alfredo Le Pera, cuando el aeroplano en el que viajaban se estrelló al despegar del aeropuerto de Medellín. 

Apenas había superado los 40 años. Recordamos en esta oportunidad el día de su nacimiento, 11 de diciembre, con una referencia de Gardel a la aceptación del tango en Buenos Aires luego de popularizarse en París.

Fuente: Josefina Delgado (dirección editorial), Carlos Gardel: El morocho del Abasto, Buenos Aires, Aguilar, 2006, pág. 73.

"Al tango quisieron ahogarlo en Buenos Aires. Estaba prohibido por haber encontrado asilo prostibulario, pero los ‘niños bien’, que venían a tirar manteca al techo al París de ayer y de anteayer, se vengaron de que en Buenos Aires no les dejasen meter pierna y lo impusieron aquí, para que lo reimportasen después a su cuna. La moda extranjera triunfó del desprecio."

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