lunes, 3 de septiembre de 2012

Armando Laborde

 Tomó su nombre artístico de un chofer de ómnibus al que conoció durante una gira. Hombre de su casa, era un apasionado de la cría de pájaros. 

José Atilio Dattoli, criador de pájaros, fana de la orquesta de Aníbal Troilo, hijo del legendario bailarín El Herrerito de Villa Crespo... y conocido desde 1944 y definitivamente como Armando Laborde, el cantor de Juan DArienzo. Nacido en Buenos Aires, en 1922, Dattoli fue Jorge Dalton, Jorge Dattoli, Roberto Thames, como cantor en diferentes orquestas típicas. 
Pero lo perdurable de su historia profesional comenzó en 1944 cuando después de diez pruebas, el director Juan DArienzo lo incorporó a sus filas, rebautizado en circunstancias que El Grillo mismo siempre se complacía en recordar: "El asunto del apellido me tenía preocupado -solía contar-. Cualquiera se da cuenta de que un DArienzo con un Dattoli no puede caminar. En un viaje en ómnibus a Carrasco, en Montevideo, yendo a actuar, me dio por preguntarle el nombre al chofer: Armando Laborde, me dice. Entonces me di vuelta y le avisé a Dattoli, que acababa de debutar con mi orquesta: Usted desde mañana se llama así." En distintas etapas, Laborde se independizó de DArienzo: para encabezar su propio cartel -compartido con el emblemático vocalista de la misma orquesta Alberto Echagüe-, con acompañamiento dirigido por Alberto Di Paulo; para cantar en la orquesta de Héctor Varela. Pero el vínculo con DArienzo, que llegó con intermitencias hasta la década del 70, signó su trayectoria. Y su estilo vocal.

El irreductible ritmo bailable que el director acuñó en la segunda mitad de los años 30, obvia razón de su apodo de Rey del Compás, pesó, en mayor o menor medida, tanto en Laborde como en cada uno de los vocalistas que pasaron por la orquesta. Con un estilo viril, veloz e impetuoso, hecho a DArienzo, Laborde impuso en vivo y grabó, entre otros éxitos a los que su nombre quedó definitivamente asociado, Yuyo brujo, Caña, El vino triste.

Los mismos tangos abastecían su repertorio hace muy poco tiempo, sellados por aquel ritmo picadito sobre el que entrecortaba las palabras en sílabas, cada vez que demostraba su infrecuente integridad y gallardía como veterano solista. 

Sin embargo, el fornido y patilludo Laborde no tenía reparos en confesar, con cándido fervor, que su corazón siempre había estado con Aníbal Troilo, la orquesta en la que hubiera querido cantar. "Para mí es la orquesta por excelencia -afirmaba-. Una vez en una audición radial me preguntaron por mis preferencias y dije Troilo... cuando me encontré con Juan me quería matar. A veces no se puede ser sincero con el público". Y tampoco ocultaba que, en su momento, había lamentado verse obligado a rechazar una oferta de Carlos Di Sarli, otro de sus directores admirados: "Tuve que decirle que no, porque con DArienzo laburábamos y ganábamos el triple. Aunque no me resultaba fácil cantar con él, porque, personalmente, mi línea siempre fue más bien melódica".

Su colega y amigo Alberto Podestá recuerda haber escuchado, en ocasiones, a un Laborde de un carácter más lírico que recio cantando, por ejemplo, Nido gaucho. Cuenta que era un tipo casero, apasionado ornicultor. Que en la terraza de su casa de la calle Jufré siempre cantaron centenares de pájaros.

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